martes, 25 de julio de 2017

Medir la vida



El entusiasmo de nuestra sociedad por la tecnología y la ciencia no tiene límite. Rellena las páginas de los periódicos (en especial cuando el verano deja hueco a otro tipo de noticias) así como los minutos de los telediarios previos a los deportes. No hay consejero o ministro que no sucumba a las gracias y beneficios con las que le tientan los grandes científicos y superespecialistas de sus grandes centros tecnológicos, los últimos en notar los efectos de los recortes presupuestarios, puesto que el “avance científico” vende, y con ello se ganan elecciones.
Dentro de las grandes innovaciones del mundo que viene, la capacidad de las nuevas tecnologías para monitorizar permanentemente nuestro estado de salud, para anticiparse a las enfermedades antes de que aparezcan es una de las que genera mayor fervor. Apple, siempre a la vanguardia, ya da información pormenorizada para controlar nuestros parámetros desde   el “alfonsete”. Ya está disponible, por ejemplo un detector de biomarcadores del desarrollo de Alzheimer que permiten anticiparla diez años antes de que comiencen los síntomas. Health Tell, una compañía de la Arizona State University ha desarrollado Inmunosignature, “inmunofirmas” que nos permiten detectar anticipadamente diferentes enfermedades infecciosas o neoplásicas a través de la detección de anticuerpos. Owlstone Nanotech ha desarrollado un test del aliento para el cáncer de pulmón sin los riesgos de someterse a radiación a través de Tomografías. Zephyr Technology pone a nuestro alcance la posibilidad de monitorizar nuestros signos vitales a través de parches que miden la frecuencia cardiaca o respiratoria, la actividad y postura o el electrocardiograma.
Todos ellos generan el mismo mecanismo infernal: el nuevo test genera una oleada de publicidad y noticias en los medios; esto genera la necesidad de desarrollar nuevas pruebas que incrementan aparentemente  la prevalencia de las enfermedades que dicen detectar, lo que incrementa el temor a padecerlas , lo que alimenta la necesidad de desarrollar nuevos test. La estrategia comercial es perfecta. Desde el punto de vista individual si el resultado es negativo se genera una gran sensación de alivio ( “no tengo Alzheimer, sida, cáncer, arritmias…); si es positivo, “menos mal que me lo han detectado a tiempo”.
Hoffman y Gilbert Welch analizan en el BMJ estas cuatro pruebas como ejemplo de la política de venta de nuevos test diagnósticos de las industrias tecnológicas de la salud: revisan sus características, la evidencia que las sustenta ( prácticamente inexistente si hablamos de resultados), sus riesgos y costes. Aunque todas ellas hablan de los enormes ahorros potenciales del gasto en los sistemas sanitarios que acarreará su implantación generalizada, a la vez todas ellas establecen unos objetivos de beneficio escandalosos: Grand View Research estima que las ventas por test del aliento para cáncer de pulmón alcancen los 11.400 millones de dólares en 2024; Qualcom Life considerq eu, habida cuenta de que existen 300 millones de personas entre Europa y Estados Unidos con al menos una enfermedad crónica, y más de 800 en el mundo es probable que al menos el 25% de ellas podrían beneficiarse de la monitorización de sus parámetros en el domicilio; los 45 millones de personas mayores de 65 años que residen en Estados Unidos y tiene por tanto riesgo potencial de Alzheimer podrían generar un beneficio de más de 3000 millones de dólares. El mercado global del llamado M health , o dispositivos móviles para la salud aumentará sus ventas más de 10 veces en el periodo 2012-2018 según estos autores.
Para ellos en sistemas sanitarios regulados, como aún es el español, cualquier tipo de nueva prueba diagnóstica debería ser rigurosamente evaluada antes de ser aprobada., y sus productores deberían especificar pormenorizadamente cuales son los supuestos beneficios, riesgos, falsos positivos y coste de sus artilugios. Puesto que se aducirá que los ensayos clínicos llevan mucho tiempo y los pacientes no pueden esperar, se considera imprescindible disponer de evaluadores rigurosos independientes de la industria. Y éstos deberían responder esencialmente a tres preguntas: ¿realmente la prueba identifica de forma fiable un problema que preocupa a los ciudadanos? ¿Pueden reducirse al mínimo los riesgos potenciales? Y la pregunta final: ¿Qué pasa con los que no resultan beneficiados por la prueba?
Para Hoffman y Gilbert Welch debemos solucionar los problemas reales de las personas, pero no crearles otros nuevos.
Si los responsables políticos de este país de verdad están preocupados por la sostenibilidad del sistema, deberían comenzar por tomarse en serio de  una vez el problema de la medicalización creciente e insostenible de la sociedad. De lo contrario, no habrá más futuro que el que diseñen compañías únicamente preocupadas en aumentar sus beneficios.

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